El Sufismo es una fuente de conocimiento, toda una filosofía de vida que está en los cimientos de todas las religiones, aunque discrepa de todas ellas.
Los cuentos se perciben con el corazón y no con la mente, no se trata de descifrar su significado, sino más bien de permitir que se produzca su efecto sutil cuando los leemos.Sus enseñanzas pueden ser seguidas por cualquier persona.
Todo lo que nos hace reflexionar refuerza nuestro espíritu.
Mostrando entradas con la etiqueta Rumi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rumi. Mostrar todas las entradas

jueves, mayo 5

La Duda



Muaviya, señor de todos los fieles, estaba durmiendo en su palacio. Su palacio estaba cercado y las puertas tenían cerrojos. Era imposible que un extraño pudiese penetrar en él. Sin embargo, alguien tocó a Muaviya para despertarlo. Cuando abrió los ojos, no vio a nadie y se dijo:
  • -Es imposible entrar en mi palacio. ¿Quién ha podido hacer esto?
Después de muchas búsquedas, encontró a alguien que se ocultaba tras una colgadura. Le dijo:
  • -¿Quién eres y cómo te llaman?
  • -¡El pueblo me llama Satanás!
  • -¿Y por qué me has despertado?
  • -Porque es la hora de la oración y tienes que ir a la mezquita. No olvides que el profeta dijo que no debía tolerarse ningún retraso en la oración.
Muaviya le dijo:
  • -¡Es extraño que tú invoques esta razón, pues nada bueno ha venido nunca de ti! ¡Es como si un ladrón viniera pretendiendo querer montar la guardia!
  • -En otros tiempos -replicó Satanás- yo era un ángel y mi alma se alimentaba con mis plegarias. Era entonces compañero de otros ángeles y eso ha quedado en mi naturaleza. ¡Me es imposible olvidar el pasado!
  • -Es cierto, pero eso no impide que hayas cerrado el camino a muchos sabios. ¡No puedes ser fuego sin quemar! Dios te ha hecho abrasador y quien se acerca a ti, necesariamente se quema. Tu pretendida sabiduría se parece al canto de las aves imitado por los cazadores.
  • -Aparta la duda de tu corazón, dijo Satanás, yo soy una piedra de toque para la verdad y la falsedad. No puedo afear lo hermoso. Mi existencia no es sino un espejo para lo hermoso y para lo feo. Soy como un jardinero que corta ramas muertas. El árbol protesta: "¡Soy inocente! ¿Por qué me destruyes?" Y yo respondo: "No porque estés torcido, sino porque estás seco y sin savia. Tu naturaleza, la esencia de tu semilla es mala. Nunca has sido cruzado con una buena esencia. Sin embargo tu naturaleza habría salido ganando si te hubiesen injertado un esqueje de buena esencia".
  • -¡Cállate! -exclamó Muaviya-, ¡es inútil que intentes convencerme!
Se volvió hacia Dios y le dijo:
  • -¡Señor mío! ¡Sus palabras son como niebla! ¡Ayúdame! Él es muy fuerte argumentando y temo su astucia.
Satanás dijo:
  • -El que es presa de una mala duda se vuelve sordo ante millares de testigos. No te lamentes ante Dios por mi causa. Llora más bien ante tu propia maldad. ¡Me maldices sin razón pero harías mejor mirándote a ti mismo!
Muaviya respondió:
  • -¡Es la mentira la que hace nacer la duda en el corazón!
  • -¿Y tienes tú un criterio para distinguir lo verdadero de lo falso?
  • -La verdad procura la paz del corazón, pero la mentira no lo conmueve. Es como un aceite que se ha mezclado con el agua: ya no puede arder. Dime: tú, el enemigo de todos los que velan, ¿porqué me has despertado? ¡Respóndeme y sabré si dices verdad!
Satanás intentó eludir la respuesta, pero Muaviya instó a que se explicara y acabó por confesar:
  • -Voy a decirte la verdad. Te he despertado para que no te retrases en la mezquita. Pues si te hubieras retrasado, tu arrepentimiento habría anegado el universo. Las lágrimas habrían brotado de tus ojos y el arrepentimiento de alguien para quien la oración es un placer es aún más fuerte que la oración. ¡Te he despertado, pues, para que tu arrepentimiento no te permita acercarte más aún a Dios!
Muaviya exclamó:
  • -¡Ahora dices la verdad! No eres sino una araña en busca de moscas. ¡Y me has tomado por una mosca!

martes, marzo 1

El Árbol de la Sabiduría


Circulaba el rumor de que existía en la India un árbol cuyo fruto liberaba de la vejez y de la muerte. Un sultán decidió entonces enviar a uno de sus hombres en busca de esta maravilla. Partió, pues, el hombre y, durante unos años visitó muchas ciudades, muchas montañas y muchas planicies. Cuando preguntaba a los transeúntes dónde se encontraba este árbol de la vida, la gente sonreía pensando que estaba loco. Los que tenían corazón puro, le decían:

-¡Eso son cuentos! ¡Abandona esa búsqueda!

Otros para burlarse de él, lo enviaban hacia selvas lejanas. El pobre hombre no alcanzaba nunca su meta, pues lo que perseguía era imposible. Perdió entonces la esperanza y tomó el camino de vuelta, con lágrimas en los ojos. Durante el camino, encontró a un sheij y le dijo:

-¡Oh, sheij! ¡Ten piedad de mí, pues estoy desesperado!
-¿Por qué estás tan triste?
-Mi sultán me ha encargado que busque un árbol cuyo fruto es el capital de la vida. Todos lo desean. He buscado durante mucho tiempo, pero en vano. Y todo el mundo se ha burlado de mí.

El sheij se echó a reír y le dijo:

-¡Oh corazón ingenuo y puro! Ese árbol es la Sabiduría. Sólo el sabio la comprende. Se la llama a veces árbol, a veces sol, u océano, o nube. Sus efectos son infinitos, pero él es único. Un hombre es padre tuyo, pero él, por su parte, es también hijo de otra persona.

martes, febrero 2

La Jaula


Un comerciante poseía un loro lleno de cualidades. Un día decidió viajar a la India y preguntó a todos qué regalo querían que les trajese del viaje. Cuando hizo esta pregunta al loro, éste respondió:
  • "En la India hay muchos loros. Ve a verlos por mí. Descríbeles mi situación,esta jaula. Diles: "Mi loro piensa en vosotros, lleno de nostalgia. Os saluda. ¿Es justo que él esté prisionero mientras que vosotros voláis en este jardín de rosas? Os pide que penséis en él cuando revoloteáis, alegres, entre las flores"."
Al llegar a la India, el comerciante fue a un lugar en el que había loros. Pero, cuando les transmitía los saludos de su propio loro, uno de los pájaros cayó a tierra, sin vida. El comerciante quedó muy asombrado y se dijo:
  • "Esto es muy extraño. He causado la muerte de un loro. No habría debido transmitir este mensaje."
Después, cuando hubo terminado sus compras, volvió a su casa, con el corazón lleno de alegría. Distribuyó los regalos prometidos a sus servidores y a sus mujeres.

El loro le pidió:
  • "Cuéntame lo que has visto para que yo también me alegre."
A estas palabras, el comerciante se puso a lamentarse y a expresar su pena.
  • "Dime lo que ha pasado, insistió el ave. ¿Cuál es la causa de tu pesar?"
El comerciante respondió:
  • "Cuando transmití tus palabras a tus amigos, uno de ellos cayó al suelo, sinvida. Por eso estoy triste."
En aquel instante, el loro del comerciante cayó inanimado, también él, en su jaula. El comerciante, lleno de tristeza, exclamó:
  • "¡Oh, loro mío de suave lenguaje! ¡Oh, amigo mío! ¿Qué ha sucedido? Eras un ave tal que ni Salomón había conocido nunca una semejante. ¡He perdido mi tesoro!"
Tras un largo llanto, el comerciante abrió la jaula y lanzó al loro por la ventana. Inmediatamente, éste salió volando y fue a posarse en la rama de un árbol. El comerciante, aún más asombrado, le dijo:
  • "¡Explícame lo que pasa!"
El loro respondió:
  • "Ese loro que viste en la India me ha explicado el medio de salir de la prisión. Con su ejemplo me ha dado un consejo. Ha querido decirme: "Estás prisionero porque hablas. Hazte, pues, el muerto". ¡Adiós, oh amo mío! Ahora me voy. También tú, un día, llegarás a tu patria."
El comerciante le dijo:
  • "¡Dios te salve! También tú me has guiado. Esta aventura me basta pues mi espíritu y mi alma han sacado partido de estos acontecimientos."

lunes, noviembre 2

La hermosa sirvienta


Érase una vez un sultán, dueño de la fe y del mundo. Habiendo salido de caza, se alejó de su palacio y, en su camino, se cruzó con una joven esclava. En un instante él mismo se convirtió en esclavo.
Compró a aquella sirvienta y la condujo a su palacio para decorar su dormitorio con aquella belleza.
Pero, enseguida, la sirvienta cayó enferma.

-¡Siempre pasa lo mismo! Se encuentra la cántara, pero no hay agua. Y cuando se encuentra agua, ¡la cántara está rota!. Cuando se encuentra un asno, es imposible encontrar una silla. Cuando por fin se encuentra la silla, el asno ha sido devorado por el lobo.

El sultán reunió a todos sus médicos y les dijo:

-Estoy triste, sólo ella podrá poner remedio a mi pena. Aquel de vosotros que logre curar el alma de mi alma, podrá participar de mis tesoros.

Los médicos le respondieron:

-Te prometemos hacer lo necesario. Cada uno de nosotros es como el mesías de este mundo. Conocemos el bálsamo que conviene a las heridas del corazón.

Al decir esto, los médicos habían menospreciado la voluntad divina. Pues olvidar decir "¡Insh Allah!" hace al hombre impotente. Los médicos ensayaron numerosas terapias, pero ninguna fue eficaz. La hermosa sirvienta se desmejoraba cada día un poco más y las lágrimas del sultán se transformaban en arroyo. Todos los remedios ensayados daban el resultado inverso del efecto previsto. El sultán, al comprobar la impotencia de sus médicos, se trasladó a la mezquita. Se prosternó ante el Mihrab e inundó el suelo con sus lágrimas. Dio gracias a Dios y le dijo:

-Tú has atendido siempre a mis necesidades y yo he cometido el error de dirigirme a alguien distinto a ti. ¡Perdóname!

Esta sincera plegaria hizo desbordarse el océano de los favores divinos, y el sultán, con los ojos llenos de lágrimas, cayó en un profundo sueño. En su sueño, vio a un anciano que le decía:

-¡Oh, sultán! ¡Tus ruegos han sido escuchados! Mañana recibirás la visita de un extranjero. Es un hombre justo y digno de confianza. Es también un buen médico. Hay sabiduría en sus remedios y su sabiduría procede del poder de Dios.

Al despertar, el sultán se sintió colmado de alegría y se instaló en su ventana para esperar el momento en el que se realizaría su sueño. Pronto vio llegar a un hombre deslumbrante como el sol en la sombra. Era, desde luego, el rostro del anciano con el que había soñado. Acogió al extranjero
como a un visir y dos océanos de amor se reunieron. El anfitrión y su huésped se hicieron amigos y el sultán dijo:

-Mi verdadera amada eras tú y no esta sirvienta. En este bajo mundo, hay que acometer una empresa para que se realice otra. ¡Soy tu servidor!. Se abrazaron y el sultán añadió:

-¡La belleza de tu rostro es una respuesta a cualquier pregunta!

Mientras le contaba su historia, acompañó al sabio anciano junto a la sirvienta enferma. El anciano observó su tez, le tomó el pulso y descubrió todos los síntomas de la enfermedad. Después, dijo:

-Los médicos que te han cuidado no han hecho sino agravar tu estado, pues no han estudiado tu corazón.

No tardó en descubrir la causa de la enfermedad, pero no dijo una palabra de ella. Los males del corazón son tan evidentes como los de la vesícula. Cuando la leña arde, se percibe. Y nuestro médico comprendió rápidamente que no era el cuerpo de la sirvienta el afectado, sino su corazón.
Pero, cualquiera que sea el medio por el cual se intenta describir el estado de un enamorado, se encuentra uno tan desprovisto de palabras como si fuera mudo. ¡Sí! Nuestra lengua es muy hábil en hacer comentarios, pero el amor sin comentarios es aún más hermoso. En su ambición por describir el amor la razón se encuentra como un asno tendido cuan largo es sobre el lodo. Pues el testigo
del sol es el mismo sol. El sabio anciano pidió al sultán que hiciera salir a todos los ocupantes del
palacio, extraños o amigos.

-Quiero -dijo- que nadie pueda escuchar a las puertas, pues tengo unas
preguntas que hacer a la enferma.

La sirvienta y el anciano se quedaron, pues, solos en el palacio del sultán. El anciano empezó entonces a interrogarla con mucha dulzura:

-¿De dónde vienes? Tú no debes ignorar que cada región tiene métodos
curativos propios. ¿Te quedan parientes en tu país? ¿Vecinos? ¿Gente a la que
amas?

Y, mientras le hacía preguntas sobre su pasado, seguía tomándole el pulso. Si alguien se ha clavado una espina en el pie lo apoya en su rodilla e intenta sacársela por todos los medios. Si una espina en el pie causa tanto sufrimiento, ¡qué decir de una espina en el corazón! Si llega a clavarse una
espina bajo la cola de un asno, éste se pone a rebuznar creyendo que sus voces van a quitarle la espina, cuando lo que hace falta es un hombre inteligente que lo alivie. Así nuestro competente médico prestaba gran atención al pulso de la enferma en cada una de las preguntas que le hacía.

Le preguntó cuáles eran las ciudades en las que había estado al dejar su país, cuáles eran las personas con quienes vivía y comía. El pulso permaneció invariable hasta el momento en que
mencionó la ciudad de Samarcanda. Comprobó una repentina aceleración. Las mejillas de la enferma, que hasta entonces eran muy pálidas, empezaron a ruborizarse. La sirvienta le reveló entonces que la causa de sus tormentos era un joyero de Samarcanda que vivía en su barrio cuando ella había estado en aquella ciudad.

El médico le dijo entonces:

-No te inquietes más, he comprendido la razón de tu enfermedad y tengo lo que necesitas para curarte. ¡Que tu corazón enfermo recobre la alegría! Pero no reveles a nadie tu secreto, ni siquiera al sultán.

Después fue a reunirse con el sultán, le expuso la situación y le dijo:

-Es preciso que hagamos venir a esa persona, que la invites personalmente. No hay duda de que estará encantado con tal invitación, sobre todo si le envías como regalo unos vestidos adornados con oro y plata.

El sultán se apresuró a enviar a algunos de sus servidores como mensajeros ante el joyero de Samarcanda. Cuando llegaron a su destino, fueron a ver al joyero y le dijeron:

-¡Oh, hombre de talento! ¡Tu nombre es célebre en todas partes! Y nuestro
sultán desea confiarte el puesto de joyero de su palacio. Te envía unos vestidos,
oro y plata. Si vienes, serás su protegido.

A la vista de los presentes que se le hacían, el joyero, sin sombra de duda, tomó el camino del palacio con el corazón henchido de gozo. Dejó su país, abandonando a sus hijos, y a su familia, soñando con riquezas. Pero el ángel de la muerte le decía al oído:

-¡Vaya! ¿Crees acaso poder llevarte al más allá aquello con lo que sueñas?

A su llegada, el joyero fue presentado al sultán. Este lo honró mucho y le confió la custodia de todos sus tesoros. El anciano médico pidió entonces al sultán que uniera al joyero con la hermosa sirvienta para que el fuego de su nostalgia se apagase por el agua de la unión. Durante seis meses, el joyero y la hermosa sirvienta vivieron en el placer y en el gozo. La enferma sanaba y se volvía cada vez más hermosa.

Un día, el médico preparó una cocción para que el joyero enfermase. Y, bajo el efecto de su enfermedad, este último perdió toda su belleza. Sus mejillas palidecieron y el corazón de la hermosa sirvienta se enfrió en su relación con él. Su amor por él disminuyó así hasta desaparecer completamente. Cuando el amor depende de los colores o de los perfumes, no es amor es
una vergüenza. Sus más hermosas plumas, para el pavo real, son enemigas. El zorro que va desprevenido pierde la vida a causa de su cola. El elefante pierde la suya por un poco de marfil.

El joyero decía:

-Un cazador ha hecho correr mi sangre, como si yo fuese una gacela y él
quisiera apoderarse de mi almizcle. Que el que ha hecho eso no crea que no me
vengaré.

Rindió el alma y la sirvienta quedó libre de los tormentos del amor. Pero el amor a lo efímero no es amor.

Rumi

Autor: Rumi, poeta, místico y sabio del Siglo XXIII
Fudador de la orden de los derviches giróvagos.
Cuento sufí incluído en su obra esencial Matnawi